Más allá de la fantasía: sobre lo que normalizamos sin darnos cuenta
Hoy he decidido dejar de consumir vídeos para adultos cuya temática gira alrededor de relaciones familiares ficticias, dinámicas de autoridad como la de estudiantes y profesores, encuentros casuales entre desconocidos o cualquier otro escenario parecido.
No porque crea que ese contenido sea ilegal. No porque piense que quienes lo producen estén haciendo algo malo. Y tampoco porque considere que las personas adultas no tengan derecho a consumir el contenido que quieran. Mi problema con este tipo de vídeos es otro.
Creo que la industria del entretenimiento para adultos tiene hoy una influencia mucho mayor de la que solemos admitir. Para muchas personas, especialmente durante la adolescencia o los primeros años de vida adulta, el porno no es solamente entretenimiento. También acaba convirtiéndose, en mayor o medida, en una referencia sobre cómo entienden la sexualidad y las relaciones entre personas.
Por eso me parece importante prestar atención no solo a lo que se muestra, sino también a cómo se presenta.
Lo que me llama la atención es que muchas prácticas o fantasías sexuales reales suelen estar claramente identificadas. Si alguien busca contenido relacionado con cruising, dogging o cualquier otra práctica concreta, normalmente encuentra exactamente eso. El contenido está etiquetado de forma clara y el espectador sabe qué está viendo.
Sin embargo, con otras temáticas ocurre algo diferente.
Una enorme cantidad de vídeos se construyen alrededor de roles familiares inventados, dinámicas de autoridad o encuentros completamente casuales entre desconocidos. Y aunque sabemos que los actores son adultos y que todo forma parte de una representación, la narrativa suele presentarse como si esas situaciones fueran algo cotidiano.
No se plantea como una fantasía concreta interpretada por actores. Se plantea como una situación aparentemente normal dentro de la historia que se cuenta.
Y cuando esa misma idea se repite miles y miles de veces, acaba generando una sensación de normalidad que, al menos a mí, me resulta incómoda.
No porque esas situaciones no puedan existir. Claro que existen casos de personas sin vínculo sanguíneo que mantienen relaciones. Claro que existen relaciones entre adultos que nacen en entornos académicos una vez desaparecen las condiciones de dependencia o autoridad. Claro que existen encuentros sexuales entre desconocidos.
Lo que me resulta extraño es la proporción.
Si una persona observase únicamente una parte importante del contenido más popular de internet, podría llegar a pensar que estas situaciones son muchísimo más habituales de lo que realmente son.
Y creo que ahí es donde aparece el problema.
No se trata de que la gente no sepa distinguir ficción de realidad. Todos sabemos, en algún nivel, que estamos viendo una representación. El problema es más sutil que eso.
Cuando una misma narrativa se repite con suficiente frecuencia, deja de necesitar que la creamos literalmente para influir en nosotros. Lo que cambia no es nuestra capacidad de distinguir lo real de lo ficticio, sino nuestra percepción de lo que es frecuente, habitual o esperable. Empezamos a asumir, casi sin darnos cuenta, que esas situaciones ocurren más de lo que ocurren. Y esa distorsión, aunque silenciosa, tiene consecuencias en cómo interpretamos las relaciones reales, en qué consideramos normal pedir o esperar, y en cómo leemos las dinámicas entre las personas.
Las personas construimos nuestra visión del mundo a partir de las experiencias que vivimos, pero también a partir de las historias que consumimos. Y cuando una misma narrativa se convierte en una de las más repetidas dentro de un medio tan consumido, merece la pena preguntarse qué efecto tiene esa repetición.
No estoy pidiendo que se prohíba nada. Tampoco estoy diciendo que quienes consumen este contenido vayan a comportarse de determinada manera en su vida cotidiana.
Simplemente creo que tanto consumidores como creadores podemos permitirnos reflexionar sobre los mensajes que se repiten una y otra vez y sobre las ideas que terminan normalizándose a través de ellos.
Por mi parte, he decidido dejar de consumir este tipo de contenido porque cada vez me interesa menos la fantasía que propone y cada vez me incomoda más la normalización que genera.
No es una cuestión de moralidad ni de censura. Es simplemente una cuestión de coherencia con la forma en que quiero entender las relaciones humanas y la sexualidad.